Tablada, el poeta más oscuro de México

El poeta más decadente de México: Juan José Tablada

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Hacia el fin de siglo XIX y con una evidente influencia francesa, las temáticas de prosa y poesía de algunos escritores comienzan a acusar una atracción hacia lo históricamente considerado repulsivo y un gusto por la ambigüedad. El refinamiento convive con el tremendismo, la maldición con la serenidad, el pudor con la sensualidad –características decadentistas que son la síntesis de lo divino y lo diabólico. Se vuelve atractiva la idea de perversidad, la presencia de estimulantes en dosis cada vez mayores, tanto en las temáticas que profanan lo sacro –atrae todo aquello que parezca escatológico– como en el consumo de alcohol y drogas; crece la necesidad de buscar mayor versatilidad en lo sexual y se busca mayor deleite en un sabor de artificio e histeria.

Las anteriores características que señala Mario Praz en La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, son las que adoptan los jóvenes escritores mexicanos, que en la última década del XIX, se darán a conocer como “decadentistas”. Entre ellos, podemos mencionar tanto a poetas como prosistas, pues ambos géneros serán los vehículos preferidos por los “decadentes”: José Juan Tablada, Balbino Dávalos, Amado Nervo, Ciro B. Ceballos, Bernardo Couto Castillo, Alberto Leduc, Francisco M. de Olaguíbel, etcétera, además del dibujante Julio Ruelas, quien en el campo de las artes plásticas expresa lo que aquellos en literatura.

Una ruidosa polémica ocurrida en 1892 pone en el centro de atención a algunos de ellos; disputa debida a la publicación de “Misa Negra” por José Juan Tablada, y su pronta censura:

¡Noche de sábado! Callada

está la tierra y negro el cielo;

late en mi pecho una balada

de doloroso ritornelo

             

El corazón desangra herido

bajo el cilicio de las penas

y corre el plomo derretido

de la neurosis en mis venas

             

¡Amada ven!…¡Dale a mi frente

el edredón de tu regazo

y a mi locura dulcemente,              

lleva a la cárcel de tu abrazo!

 

¡Noche de sábado! En tu alcoba

hay perfume de incensario,

el oro brilla y la caoba

tiene penumbras de sagrario.

             

Y allá en el lecho do reposa

tu cuerpo blanco, reverbera

como custodia esplendorosa

tu desatada cabellera.

             

Toma el aspecto triste y frío

de la enlutada religiosa

y con el traje más sombrío

viste tu carne voluptuosa.

             

Con el murmullo de los rezos

quiero la voz de tu ternura,

y con el óleo de mis besos

ungir de diosa tu hermosura.

             

Quiero cambiar el grito ardiente

de mis estrofas de otros días,

por la salmodia reverente

de las unciosas letanías;

             

quiero en las gradas de tu lecho

doblar temblando la rodilla

y hacer del ara de tu lecho

y de tu alcoba la capilla…

             

Y celebrar ferviente y mudo,

sobre tu cuerpo seductor,

lleno de esencias y desnudo

¡la Misa Negra de mi amor!

UN ROMÁNTICO MODERNISTA DECADENTE

La Antología del modernismo de José Emilio Pacheco ofrece un muestreo de la obra de José Juan Tablada: desde su incursión en el simbolismo con “Ónix” –con dos versiones: una aparecida en El Siglo XIX, 23 de septiembre de 1893; otra en la Revista Azul el 17 de junio de 1894 (Esperanza Lara Velázquez, La iniciación poética de José Juan Tablada, 1888-1899, UNAM, México, 1988, p. 87) hasta las composiciones de su libro La feria (1928).

Su primer poemario es El florilegio, que tiene dos ediciones con diferencias notables en su contenido. Ahí aparecen reunidas dos composiciones importantes que habían aparecido previamente en publicaciones periódicas: “Ónix” y “Misa negra” –publicado en El País, 8 de enero de 1893 (Lara Velázquez, La iniciación…, p. 85)–. La edición de 1899 de El florilegio tiene 33 composiciones, mientras que la de 1904 tiene 84 poemas.

Durante la época previa a El florilegio, la producción de Tablada parece haber sido bastante escasa pero constante, excepto en 1895 cuando sólo publica como nuevos poemas “Talismán” y “Canción de las gemas”. Ese año, 1895, fue cuando Tablada tuvo una crisis con drogas o alcohol (esto sólo como anécdota, porque parece difícil probar que sus aficiones tuvieran repercusión en su poesía de la época):

“Nuestro exquisito artista… atraviesa hoy por dolorosa y aguda crisis: es un envenenado de Baudelaire, un iniciado en los misterios de esa vida de las drogas estimulantes de la imaginación; el éter, la morfina, el hashish, esos emboscados pérfidos de los sentidos, han hecho en él presa y le desgarran sin piedad. Ha sido preciso someter al refinado autor del “Ónix” a un tratamiento médico, tonificar aquel espíritu, enamorado loco del ensueño, borrar como con una esponja los delirios de una fantasía inquieta, audaz, que huía febrilmente hacía las venenosas comarcas, en donde góndolas negras, arrastrando lívidos cadáveres, se deslizan sobre ondas luminosas” (Carlos Díaz Dufoo, apud Lara Velázquez, La iniciación…, pp. 41-42).

Para José Emilio Pacheco, “Ónix” es la muestra poética clave de la producción lírica de Tablada, con la que establece directamente un vínculo con la corriente modernista: el tema del desaliento, del agotamiento vital, la falta de esperanza en el futuro son los ejes de esta composición. Se resume el conflicto del poeta en la estrofa final del poema:

Fraile, amante, guerrero, yo quisiera

saber qué obscuro advenimiento espera

el amor infinito de mi alma,

si de mi vida en la tediosa calma

no hay un Dios, ni un amor, ni una bandera.

Pero otro poema es más interesante por vincularse con el tema del pudor (del que hablamos en relación con la última etapa del romanticismo poético) y el contexto social finisecular (la sociedad porfiriana, el espacio urbano): “Misa negra” fue objeto de crítica y censura, por lo que Tablada renunció a la sección literaria del periódico El País. Un buen análisis del poema “Misa negra” y de las razones por las que causó enojo e indignación en su momento lo hace Esther Hernández Palacios en su artículo “Misa negra” o el sacrilegio inacabado del modernismo (La Palabra y el Hombre, 1991, núm. 77, pp. 5-16).

La carta de renuncia de Tablada (publicada en El País el 15 de enero de 1893) produjo una breve pero intensa e interesante discusión teórica en torno a qué era el decadentismo en México, al que se afiliaba Tablada (sobre el asunto del decadentismo también puede leerse el apartado “El decadentismo y la fundación de la Revista Moderna” de Arturo Guzmán Martínez en su tesis La evolución de la narrativa mexicana en el último tercio del siglo XIX: el modernismo estético en Asfódelos de Bernardo Couto Castillo, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2003, pp. 51-68). Cito unos pasajes de la carta de Tablada que ayudarán a entender la concepción estética bajo la que parece escribir nuestro autor:

“Nuestro cerebro es el lazarium del hastío; a menudo los sueños que en él flotan retorciéndose en convulsiones angustiadas, se fijan por fin en un círculo negro que tiene espantosa semejanza con el cero búdico, con el fatal símbolo del Niroânah.

“La eterna gota de la duda ha cavado la blanca lápida de nuestras creencias. Como todos, hemos llorado; pero en las almas como en las grutas llegan las lágrimas a congelarse en duras estalactitas. ¿Qué son los carámbanos del invierno, sino las lluvias de primavera?

“Ese es nuestro estado de ánimo, esa es la fisonomía de nuestras almas, y ese estado y esa fisonomía es lo que se llama Decadentismo moral, porque el Decadentismo únicamente literario, consiste en el refinamiento de un espíritu que huye de los lugares comunes y erige dios de sus altares a un ideal estético, que la multitud no percibe, pero que él distingue con una videncia moral, con un poder para sentir lo supra sensible, que no por ser raro deja de ser un hecho casi fisiológico en ciertas idiosincrasias nerviosas, en ciertos temperamentos hiperestesiados” (José Juan Tablada, “Cuestión literaria. Decadentismo”, apud Lara Velázquez, La iniciación…, pp. 32-33).

Nosotros nos quedamos con estas propuestas estéticas de Tablada: huir del lugar común y erigir como dios un ideal estético. “Misa negra” responde en varios sentidos a estas afirmaciones del poeta: hacer del sexo un tema de la composición, dar una fuerza metafórica al sexo que vela la unión de los cuerpos y, al mismo tiempo, la hace evidente, usar una estructura con referencias a lo religioso –”Con el murmullo de los rezos/ quiero la voz de tu ternura”–, creo que esto es huir del lugar común y resultado de una búsqueda de perfeccionamiento estético en la composición lírica.

Fuentes:

Notas decimonónicas

Literatura mexicana del Siglo XIX

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